La verdad es que yo no soy muy de escribir relatos, pero hacía tiempo que llevaba pensando en esta historia, que he ido escribiendo poquito a poco, porque para escribir hay que estar centrado (o al menos yo). Más o menos la he escrito al estilo de Crepúsculo, pero que esto no os eche para atrás; la clave de este relato está justo al final, pero claro, si no lo leéis desde el principio tampoco tiene mucho sentido. No os preocupéis que luego podéis ponerme a parir en los comentarios, pero primero, ya sabéis ;)
*****
Era una tarde gris, triste y melancólica. Ni siquiera sabía muy bien por qué había salido. Para tomar el aire...Ese aire compartido por tantísimas personas. Cansada de andar sin rumbo fijo, entré a una pequeña cafetería y pedí un chocolate con churros. Cuando todo lo demás falla, es chocolate es para mí como un bálsamo reparador. Me senté junto a la barra y sin echar siquiera una mirada a los que me rodeaban, deje que mis pensamientos hicieran presa de mí.
- Tu chocolate, cielo.
Despertándome poco a poco de mi ensoñación alargué la mano...que tropezó con otra. Vaya, resulta que ese cielo no iba dirigido a mí. Ninguna sorpresa. Rápidamente mi mano regresó a su posición inicial, incómoda por el error...pero también por la gelidez del contacto. Aquella mano estaba fría como un témpano, y tampoco es que las mías sean muy cálidas.
-Perdón. - susurré
-Tranquila, es una tontería.
Una voz tan suave y aterciopelada y unas manos tan frías...
Mis ojos se posaron lentamente en el propietario de aquella voz. Un chaval de mi edad. Castaño, un mechón rebelde por la frente, facciones suaves y a la vez firmes...abreviando, una monada. Sí, seguro que era el típico rompecorazones por el que todas las niñas suspiraban. Sonreí para mí.
-Anda que...te has lanzado como una fierecilla ¿eh?
¿Una fierecilla? Lo miré a los ojos...y sentí algo extraño. Como una conciencia acariciando la mía. Como si pudiera bucear en su mirada felina.
-Es que yo con el chocolate soy muy posesiva.
¿Esas palabras habían salido de mi boca? Aquello era cada vez más extraño. Y no podría explicar muy bien cómo ocurrió, pero al rato estaba riéndome como una tonta con aquel desconocido que había pintado de azul el cielo. De cualquier modo, algo me empujó a acompañarle cuando abandonó la cafetería. Caminamos. No había ya sonido alguno en la ciudad sino su voz, ni otra luz que la de su sonrisa. Las amplias avenidas se transformaron poco a poco en estrechas callejuelas por las que no parecía pasear ni un alma. Lo miré a los ojos y creí ver una expresión de ¿avidez? Algo se despertó en mi interior. Un sentimiento de alerta. Instintivamente me separé ligeramente de mi acompañante, acercándome a la pared, pero él imitó mi movimiento. Acorralada...De nuevo, mis ojos se encontraron con los suyos y descubrí una vez más aquella mirada ávida, voraz...depredadora. Maldición. Me fijé en su pálida piel. Recordé lo frías que estaban sus manos. Una idea pasó por mi mente y lo comprendí. Aquel desconocido (ni siquiera recordaba su nombre, ¿cómo podía ser?) se inclinó sobre mí y yo cerré los ojos, susurrando:
-Sé lo que eres...
Se paró en seco y abrí los ojos. Tenía una expresión divertida.
-¿Qué?
Tragué saliva.
-Un vampiro.
Aquellos hermosos ojos se abrieron atónitos, mientras su dueño se separaba bruscamente de mí. Temí lo peor.
*****
Y podría decirse que lo peor ocurrió, teniendo en cuenta cuál fue su respuesta:
-¡Jo***, esta es la última vez que intento algo con una p*** niña crepusculera!
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Dedicado a todas mis niñas que suspiran por Edward Cullen, recordad que yo soy pálida y ojerosa y mis manos siempre están heladas, y sin embargo, no me muero por vuestra sangre.
NOTA: dejo constancia de que mis amigas, aunque les guste Crepúsculo, no suspiran por el susodicho Edward, ni se vuelven locas cuando oyen algo sobre la saga.
NOTA: dejo constancia de que mis amigas, aunque les guste Crepúsculo, no suspiran por el susodicho Edward, ni se vuelven locas cuando oyen algo sobre la saga.


